“Tenía dos nombres.
Uno usaba con más frecuencia,
el otro no le gustaba mucho,
y era precisamente ése por el que más la llamaba.
Lorena, le decía, voy a hacer que te guste ese nombre.
Era niña y mujer,
hielo y fuego,
amor y pasión,
ama y sumisa,
ternura y deseo.
Amaba la poesía tanto como un poeta ama hacerla.
Me decía que si por ella fuera,
los políticos usarían poemas
en lugar de discursos.
“Mentirían igual, pero sería más bonito.”
Si uno se quedaba mirándola
por más de diez segundos continuos, dejaba de acordarse de todas las cosas que le hacían daño.
Era un rescate a primera vista.
Y yo siempre hubiera deseado estar hundiéndome
si ella era el salvavidas.
Me gustaba cómo con sus manos,
allanaba las aristas de mi tristeza.
Y al ver su boca, a veces entreabierta,
a veces cerrada,
otras veces sonriendo,
yo sabía que dentro de ella,
ocurrían cosas increíbles.
De todo lo que me gustaba,
quizá su voz era mi favorita.
Aquel acento argentino y su boca dándole forma a las palabras
producían en mí el mismo efecto
que una inyección de heroína.
Sigue hablando, solía pedirle,
que si te callas, al mundo se le ocurre hablar más fuerte.
Le gustaba acompañarme a caminar por el centro.
Si llovía, mejor.
“Hay cosas que sólo pueden verse
con un aguacero encima”, decía
antes de besarme a mitad de la calle.
Y entonces sabía que era cierto.
Sabía que la magia no estaba en los poemas
ni las canciones,
sino en ella;
que las estaciones del año sólo dependían
de cuán fuerte pueda ser un abrazo suyo;
que la eternidad y el amor sí cabían en una línea;
que las guerras podían detenerse
si cambiábamos las flores por las balas,
poemas por pistolas,
veranos por lluvia;
que hablar con ella era robarle minutos a la muerte.
Con Lorena perdí algo más que la cabeza.
Perdí las ganas de quedarme siempre en un mismo sitio,
perdí la mala costumbre de llegar tarde a cualquier parte,
de perder tiempo si no era sobre su cuerpo.
Si me hubiera dado cuenta de todo eso antes,
tal vez mi vida sería diferente.
Si yo hubiese sabido admitir mis defectos,
y si la fuerza de mi amor hubiera sido mayor o igual que la de mi orgullo,
hoy no estaría hablando de ella en tiempo pasado.
Sin ella la cama se ve más grande.
Ya no hay noches a su lado,
ni fríos que ahuyentar con el calor de su cuerpo, ni heridas que limar con el roce de su piel.
Ya no existen las calles que nos vieron de la mano,
ni momentos en los que me vuelva a llamar idiota
luego de haberla hecho enojar a propósito.
No hay nadie con quien sentir que pertenezco a este siglo.
Sin ella aumentaron las guerras.
Se le acabó a la poesía las palabras.
Ni siquiera puedo escuchar su voz,
y es que hoy el mundo habla más fuerte que nunca.”
"Y tu nombre me dejó de saber a ti;
así como el chicle pierde el sabor,
así como empiezas a olvidar la letra de tu antigua canción favorita,
así como las flores se marchitan."
"Hace mucho tiempo oí sobre la conexión, sobre el tipo de click que solo haces con cierto tipo de personas, con cierta persona. Les creía, sí, pero una parte de mí no creía que hubiera alguien así de conectado a mí.
Hasta que te conocí y entonces tuvo sentido.
No solo nos gustaba lo mismo, cumplías deseos que nunca te dije, sin saberlo, tal vez sí, sin decírtelo.
Cada vez que nos alejábamos, no solo algo nos hacía volver al punto de partida, había algo que me avisaba cuando regresarías, mi corazón se aceleraba al recordarte y no entendía por qué, hasta que un mensaje tuyo me hacía entenderlo.
A veces, cuando te pensaba, aparecías, en cualquier momento del día, por la mañana o por la noche, de repente aparecía tu nombre por algún lado.
Nunca supe si eran todas increíbles coincidencias, pero cada vez que lo recuerdo y me vuelve a pasar, algo en mí se acelera y me hace creer que hay una fuerza más allá de nuestra comprensión que nos une."